Contaba mi abuelo un boxer afable y hogareño, anécdotas, cuentos e historias -al amor de la lumbre- a todos los cachorros que vivíamos alojados en aquella casona.
Y entre sus múltiples aventuras, recuerdo una, que me llamaba especialmente la atención y siempre pedía que la repitiera una y otra vez. Decía el abuelo que otros congéneres nuestros, hace muchísimos años se alimentaban de carne fresca rebozada con lanita y tiernecita. Que vivían en unas casas cóncavas decoradas algunas con pinturas; que su vida transcurría en un grupo donde los pequeños estaban en la guardería jugando y siendo velados bajo la mirada de los adultos. Qué tiempos!!!!
Hoy, ya véis, estoy solo, tirado en el suelo y mi alimento es una espiga: los recortes salariales, el colesterol y la protección de especies han cambiado nuestros hábitos y las nuevas generaciones somos herbívoros. Nos alimentamos de hierba y excepcionalmente algún placer vegetariano.
Y es que... bien decía el abuelo:
"Ni perrito caliente,
ni perro salchicha,
y con el tiempo,
ni los perros con longaniza".


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